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Cada 19 de septiembre México vuelve a escuchar una alarma que significa mucho más que un simulacro. Para millones de personas es también el sonido de una memoria colectiva, de edificios derrumbados, calles cubiertas de escombros, familias buscando a sus seres queridos y ciudadanos que, frente a una tragedia gigantesca, descubrieron que podían organizarse incluso cuando las instituciones parecían rebasadas.

Este 19 de septiembre se cumplen 41 años del terremoto de 1985, aquel movimiento de magnitud 8.1 que comenzó frente a las costas de Michoacán a las 07:17 horas y provocó una de las mayores tragedias urbanas en la historia contemporánea del país.

Pero recordar 1985 no debería reducirse a observar fotografías en blanco y negro, guardar un minuto de silencio o repetir imágenes de edificios destruidos. Aquel terremoto cambió profundamente a México.

Cambió nuestra manera de construir, nuestra forma de reaccionar ante una emergencia y hasta nuestra relación con la palabra “prevención”.

Antes de 1985, hablar de Protección Civil como hoy la conocemos era prácticamente imposible. Fue después de aquella tragedia cuando el país comenzó a desarrollar una estructura institucional específica para enfrentar desastres. El Sistema Nacional de Protección Civil fue creado en 1986 y, posteriormente, surgió el Centro Nacional de Prevención de Desastres, instituciones directamente vinculadas con las lecciones dejadas por aquel terremoto.

También cambió la ingeniería.

Los edificios que colapsaron demostraron con crudeza que una ciudad situada en una zona sísmica no puede darse el lujo de construir pensando solamente en costos, espacio o estética. Después de 1985 se emitieron normas de emergencia y posteriormente se endurecieron las disposiciones de construcción, mientras universidades y especialistas incrementaron las investigaciones sobre comportamiento estructural, suelos y resistencia de los inmuebles.

Cambió también la tecnología.

México desarrolló un sistema de alerta sísmica que hoy parece parte cotidiana de la vida de millones de personas. Actualmente, el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano cuenta con decenas de sensores distribuidos en regiones sísmicamente activas del país y transmite avisos a distintas ciudades.

Pero probablemente el cambio más profundo ocurrió en la sociedad.

En 1985 aparecieron ciudadanos removiendo escombros con las manos, brigadas improvisadas, vecinos organizando alimentos, médicos atendiendo donde podían y jóvenes recorriendo las calles preguntando dónde hacía falta ayuda.

En medio de la destrucción apareció otra cosa: una ciudadanía que comprendió que también tenía capacidad para organizarse.

Esa imagen volvería a repetirse 32 años después.

El 19 de septiembre de 2017, precisamente el mismo día en que México recordaba el terremoto de 1985 y pocas horas después de realizar simulacros, un sismo de magnitud 7.1 volvió a sacudir el centro del país.

La coincidencia de la fecha produjo algo difícil de explicar para quienes no lo vivieron.

Una generación que conocía 1985 solamente por las historias de sus padres y abuelos experimentó su propio 19 de septiembre.

Otra vez aparecieron edificios colapsados. Otra vez hubo personas atrapadas. Otra vez las calles se llenaron de voluntarios.


Pero México ya no era el mismo.


Había teléfonos celulares, redes sociales, mapas digitales, grupos de mensajería y ciudadanos capaces de transmitir en segundos dónde se necesitaban herramientas, alimentos, medicamentos o voluntarios.

La solidaridad de 1985 había entrado a la era digital.

Y 2017 dejó también una segunda lección: tener reglamentos, instituciones y tecnología no significa que podamos bajar la guardia.

Una norma sirve únicamente cuando se cumple. Una alerta sirve cuando sabemos qué hacer al escucharla. Un simulacro funciona cuando se toma en serio. Y un protocolo de Protección Civil vale cuando las personas realmente lo conocen.

Quizá esa sea la transformación más importante ocurrida durante estas cuatro décadas.

México pasó lentamente de reaccionar ante los desastres a intentar prepararse para ellos.

Hoy los simulacros forman parte de la rutina de escuelas, oficinas, hospitales y edificios públicos. Existen brigadistas, puntos de reunión, rutas de evacuación, protocolos, alertas y programas de Protección Civil que para las generaciones posteriores a 1985 parecen completamente normales.


Pero no siempre existieron.

Muchas de esas herramientas nacieron del dolor.

Por eso el 19 de septiembre también debería servir para recordar algo fundamental: los terremotos no pueden predecirse. La coincidencia de varios sismos importantes durante septiembre ha generado innumerables mitos, pero el propio Centro Nacional de Prevención de Desastres ha insistido en que no existe evidencia científica de una “temporada de sismos”.

Lo que sí podemos prever es nuestra respuesta.

Podemos revisar los edificios.

Podemos respetar reglamentos.

Podemos conocer las salidas de emergencia.

Podemos enseñar a los niños qué hacer.

Podemos exigir construcciones seguras.

Podemos escuchar a ingenieros, científicos y especialistas antes de que ocurra una tragedia y no solamente después.

Porque la memoria también debe servir para prevenir.

Han pasado 41 años desde aquel amanecer de 1985. México tiene hoy mejores herramientas, más conocimiento científico, sistemas de alerta y una sociedad mucho más consciente de los riesgos.

Pero ningún avance tecnológico puede sustituir algo que aquellos mexicanos nos enseñaron entre polvo, silencio y escombros: frente a una emergencia, la organización salva vidas.

El 19 de septiembre dejó de ser solamente una fecha del calendario.

Se convirtió en una cicatriz nacional.

Y las cicatrices tienen una función: recordarnos lo ocurrido para no volver a cometer los mismos errores.

Cada vez que escuchamos la alerta durante un simulacro, quizá deberíamos pensar por unos segundos en quienes no tuvieron esa advertencia en 1985.

Ellos no pudieron prepararse.

Nosotros sí podemos.

Esa es, posiblemente, la mayor transformación que dejó aquel terremoto y también la mejor manera de honrar su memoria.

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