Durante décadas, el Neolítico fue explicado como una gran revolución que llevó a los seres humanos de la caza y la recolección hacia la agricultura, las aldeas y sociedades cada vez más complejas. Una revisión publicada en 2025 plantea ahora que ese cambio no ocurrió de una sola manera ni al mismo tiempo en todas las regiones.
La investigación fue realizada por la arqueóloga Melinda A. Zeder, del Instituto Smithsonian, y publicada en Journal of World Prehistory. El trabajo reúne décadas de excavaciones y estudios para mostrar que el llamado Neolítico fue, en realidad, un conjunto de procesos distintos que se desarrollaron durante miles de años.
El término comenzó a utilizarse en el siglo XIX para diferenciar la etapa de la piedra pulida de la anterior, dominada por herramientas de piedra tallada. Más adelante, el arqueólogo V. Gordon Childe popularizó la idea de una “revolución neolítica” marcada por la domesticación de plantas y animales, el sedentarismo y el crecimiento de las poblaciones.
Sin embargo, los nuevos estudios indican que estos cambios no aparecieron juntos. Incluso en Oriente Próximo, una de las regiones mejor documentadas, los elementos asociados con el Neolítico surgieron a lo largo de unos 4 mil años.
Algunas comunidades comenzaron a establecerse de manera semipermanente mucho antes de desarrollar una agricultura organizada. En Ohalo II, cerca del mar de Galilea, existen evidencias de asentamientos de hace aproximadamente 23 mil años.
Otros descubrimientos también han cambiado la idea tradicional. En lugares como Göbekli Tepe y Karahan Tepe, en la actual Turquía, se construyeron grandes centros ceremoniales hace entre 10 mil 500 y 11 mil 500 años, cuando sus habitantes todavía no cultivaban cereales de forma sistemática.
Fuera de Oriente Próximo, las diferencias son todavía mayores. En China existen evidencias del cultivo de mijo desde hace más de 11 mil años, mientras que el arroz se convirtió en un alimento básico varios milenios después.
En Japón, las comunidades Jōmon combinaron durante largos periodos la recolección de recursos silvestres con formas limitadas de agricultura, sin adoptar necesariamente un modelo agrícola intensivo.
También hay ejemplos en Norteamérica de sociedades complejas y jerarquizadas que dependían principalmente de recursos silvestres, lo que contradice la idea de que la agricultura intensiva era indispensable para desarrollar organizaciones sociales más complejas.
Mesoamérica ofrece otro ejemplo. En Guilá Naquitz, Oaxaca, se domesticaban calabazas hace alrededor de 10 mil años, mucho antes de que aparecieran grandes asentamientos permanentes o estructuras sociales claramente jerarquizadas.
Para Zeder, estos casos muestran que no existió una secuencia obligatoria que llevara de grupos cazadores-recolectores a agricultores sedentarios y, posteriormente, a sociedades complejas.
La especialista propone mantener el término Neolítico, pero utilizarlo de una manera más flexible. En lugar de entenderlo como una etapa idéntica en todo el planeta, plantea verlo como un periodo intermedio en el que distintas comunidades experimentaron con el asentamiento, la gestión de recursos, la agricultura, la domesticación, el comercio y nuevas formas de organización social.
El estudio concluye que algunas sociedades avanzaron hacia una agricultura intensiva, otras combinaron distintas estrategias durante siglos y algunas nunca necesitaron seguir ese camino.
La nueva interpretación no elimina la importancia del Neolítico, sino que muestra que la transformación de las sociedades humanas fue mucho más diversa de lo que durante años señalaron los libros de historia.
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