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Cada 15 de septiembre el protocolo parece sencillo: salir al balcón, mencionar a los héroes, gritar tres veces “¡Viva México!”, tocar la campana, ondear la bandera y regresar sin que nada extraño suceda. Pero basta un micrófono abierto, un apellido atravesado o una garganta rebelde para que las redes sociales terminen hablando más del detalle inesperado, que de toda la ceremonia.

En Chihuahua, la gobernadora María Eugenia Campos dejó una escena particular en su último Grito como mandataria estatal cuando dio tres campanadas antes de comenzar las arengas, una secuencia distinta de la que suele verse en la ceremonia oficial. Después vinieron los vivas a Hidalgo, Morelos, Guerrero, Allende, Aldama y Josefa Ortiz de Domínguez, además de expresiones dedicadas a la dignidad, la vida, la verdad y la libertad, con su peculiar forma de hablar.

La noche también dejó una curiosa batalla de calculadoras: el Gobierno estatal manejó una asistencia superior a 46 mil personas, mientras el presidente municipal de Chihuahua Marco Bonilla habló posteriormente de más de 50 mil. En otra cobertura periodística se habló de más de 30 mil y en otra hasta de 20 mil. Es decir, hasta para contar sombreros, banderas y cabezas hubo versiones diferentes. 

Y cuando parecía que el asunto terminaría entre pirotecnia y acordeón, Ramón Ayala metió un ingrediente inesperado. Durante su presentación interpretó “Hay que pegarle a la mujer”, canción grabada en los años ochenta cuya letra utiliza expresiones que hoy provocan una lectura muy distinta a la de hace cuatro décadas. El alcalde Bonilla informó al día siguiente que un comité municipal revisaría la interpretación para determinar si vulneró derechos de las mujeres y si procede alguna sanción al promotor. 

Así que Chihuahua pasó en cuestión de horas del “¡Viva México!” a preguntarse si una de las canciones del artista contratado para cerrar la propia fiesta patria podía terminar revisada por Gobernación. El repertorio acabó teniendo una segunda función, ahora en escritorio.

Pero Chihuahua estuvo lejos de monopolizar los momentos fuera de libreto.

En Tzintzuntzan, Michoacán, el presidente municipal Patricio García Alva llegó al nombre de Josefa Ortiz de Domínguez y la convirtió en “Josefa Ortiz Rodrigo”. La equivocación quedó grabada, provocó risas entre algunos asistentes y rápidamente comenzó a circular en redes. La historia nacional sobrevivió; el video también. 

En Cajeme, Sonora, ocurrió uno de esos momentos que confirman una regla básica de cualquier evento público: nunca hay que confiarse de un micrófono. La alcaldesa interina Claudia Santacruz había dejado de ondear la bandera cuando la secretaria del Ayuntamiento, Lucy Navarro, le indicó qué debía hacer. El problema fue que el sonido seguía abierto y el público alcanzó a escuchar: “Hazle así a la bandera... ondéala”. La instrucción que debía quedar entre funcionarias terminó incorporada involuntariamente a la transmisión. 

En San Andrés Tuxtla, Veracruz, el protocolo iba razonablemente bien hasta que la voz del alcalde Rafael Fararoni Magaña decidió independizarse por unos segundos. Durante uno de los últimos vivas le salió el popular “gallo”, captado desde varios teléfonos y compartido después en redes sociales. Ahí no hubo error histórico ni de protocolo: simplemente la garganta hizo lo que quiso en el momento menos oportuno, despertando no los gritos sino las carcajadas en los asistentes. 

Y si hay que elegir el momento más inverosímil de estas fiestas patrias, Ameca, Jalisco, levantó la mano. Como parte de una representación de los Niños Héroes, un alumno caracterizado como Juan Escutia apareció envuelto en la Bandera Nacional en un balcón de la Presidencia Municipal y terminó cayendo hacia una lona sostenida por varios adultos. El menor resultó ileso y el Colegio Niños Héroes explicó que la escena forma parte de una tradición de más de 45 años, aunque el video desató críticas y asombro en redes sociales. Entre campanas adelantadas, gallos, nombres cambiados y micrófonos indiscretos, pocos podían imaginar que alguien decidiría llevar el mito de Juan Escutia a una recreación casi literal. 

Y probablemente el momento más inocente de estas fiestas ocurrió lejos de los balcones oficiales. En una escuela de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, un niño caracterizado como Miguel Hidalgo debía gritar “¡Viva la Virgen de Guadalupe!”, pero terminó lanzando con absoluta seguridad: “¡Viva La Rosa de Guadalupe!”. Los compañeros soltaron la risa y el pequeño continuó con su ceremonia como si nada hubiera pasado. 

Quizá ahí estuvo la mejor enseñanza de la noche: seguir adelante.

Porque mientras autoridades de todo el país preparan ceremonias, guiones, escoltas, sonido, iluminación y discursos, el 15 de septiembre conserva una habilidad muy mexicana para salirse del libreto. A veces es una campana que llega primero; otras, un micrófono que no sabe guardar secretos; un apellido que cambia de dueño, una voz que se quiebra o un niño que mezcla a la Virgen de Guadalupe con la televisión.

Y al final, entre tanta solemnidad, el Grito también termina recordándonos algo menos ceremonioso: que detrás del balcón, la banda presidencial, los uniformes y las arengas sigue habiendo seres humanos capaces de equivocarse frente a miles de personas y, desde que existen los celulares, frente a varios millones más.

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